Vida tras vida han conseguido ser uno. No, ser dos, pero sentir al unísono como si fueran uno.
Conocerse y reconocerse en cada etapa de la eternidad.
Y una vez más, esta vez al final del abecedario como punto medio, dar rienda suelta a su pasión. Su amor. Su necesidad y locura reconducida.
Con cada presente aprendiendo del pasado, en esa regresión sin fin que les ayuda a mejorar, a aprenderse: sabiendo, por primera vez, que estar de rodillas puede llegar a ser útil; o que se puede conseguir llegar al dos tras el uno; incluso que cuatro serían restados de haberse reconocido años atrás…
(¡Tanto conocen y reconocen en cada nuevo encuentro!)
Así que ante el nuevo adiós, necesario adiós, se sonríen, como en la foto irreconocible (a veces en linea recta, a veces como una gran curva).
Y agradecen todo aquello que poseen: ella a él, y él a ella. Todo.
(Te amo, le dijo antes de despedirse)
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