dimecres, 28 de març de 2012

Crónica de una soledad cualquiera

Emily White - La habitación vacía. Crónica de una soledad (gracias Emily, gracias, por hablarme de la sensación con la que he tenido que convivir durante años)

Crónica de mi soledad

No estoy sola, nunca he estado sola. Nunca. Pero siempre, desde que tengo recuerdos, me he sentido así, sola. Infinitamente sola. Terriblemente sola. Lo he tratado siempre como un tabú. Sentirse sola, estándolo o no, es casi un estigma social, algo que cubrir, fingir, esconder.

Nunca había hablado con nadie que sintiera, como la he sentido yo toda mi vida, esa sensación, esa agobiante, terrible, avallasadora sensación. Te invade hasta anularte como persona, impidiéndote creer mínimamente en ti, atormentándote noche y día, sin descuidar su deseo: no que te sientas sola, sino que estés sola, definitivamente sola. El ensayo de White me ha abierto los ojos.

Me diagonosticaron ansiedad y depresión (hola, soy una maravillosa ciclotímica) hace ya montones de años. Nada anormal viviendo a caballo del XX y el XXI. Quiero decir, alguien escribió en un papel esos términos, un psiquiatra, claro, pero por la sencilla razón de que yo fui a visitarle, de que quise salir del pozo, me reconocí infeliz, insatisfecha, triste... pero básicamente me sentía sola. No acababa, nunca he acabado de encajar del todo, en el perfil de una persona con depresión, tampoco con ansiedad. O sí, o sí y la 'Soledad' era un cuadro diferente. Un cuadro sin estudiar, sin catalogar, aún, sin una pastilla azul o roja que frenara esa sensación (he tomado ansiolíticos y antidepresivos, sé de las maravillas de la química, cómo frenan las rumiaciones, y los miedos, cómo te permiten volver a desear un nuevo día, levantarte con ánimos de comerte, otra vez, el mundo, pero no conozco de ninguna pastilla que haya reducido mi sensación real, real, de soledad).

Qué cosas, no? Dos hijas, un marido, amigos, conocidos, con montones de ocupaciones e inquietudes, extravertida, alegre, vital, y cultivando la soledad. Creciendo en mi interior, la muy hija de puta, como un alien, alimentándose de mis miedos, de mis dependencias afectivas, de mi necesidad de compañía y de amor. Un año, y otro.

Gracias a esa 'Soledad interior' me convertí en una gran observadora social, en una forma, supongo, de intentar adaptarme a la sociedad que me había tocado vivir. Leyendo a White entendí el motivo: 'La soledad actúa como una especie de prismáticos focalizadores adaptados al mundo social: cosa que ha sido demostrada de manera fehaciente. Los psicólogos afirman que cuando hay una necesidad de pertenencia no satisfecha, las personas automáticamente empiezan a fijarse más en el mundo social que les rodea'.

Así fue en mi caso, me sentía fuera de lugar allí donde estuviera. No por ello dejaba de intentar formar 'parte de', no, al contrario, intentaba conocer más gente, más grupos diferentes, más actividades, más, más, más. Y mi vacío interior, mi sensación horrorosa de estar sola, seguía intacta. Salía a comer, a cenar, me apuntaba a un bombardeo, enseguida confiaba en cualquier persona que me sonriera y dirigiera tres palabras, mi agenda rebosaba de citas... y yo seguía sintiéndome tan o más sola que con quince años. Peor aún, a causa precisamente de ese conocimiento de las señales sociales, de ese saber leer entre lineas, de descodificar sin apenas esfuerzo los comportamientos sociales... enseguida reconocía cómo me veían 'los otros'. Como si tuviera unas gafas de rayos x con poderes. Y esa 'visión' iba, sin querer, transformando mi manera de ser: sé que no te gusto, lo noto auque intentes disimularlo, no puedo soportarlo, lucharé por conseguir caerte bien... Eso tiene una hoja de doble filo: por un lado te da suficiente motivación para convertirte en una persona 'seductora' -no necesariamente seductora sexual- a la vez que te convierte en el kleenex de muchos de los que te rodeas, y consigues 'caer peor' al que ya 'caías mal'. Complicado, claro, porque muchas veces, tras esas comidas, cenas, salidas en general, me sentía aún peor: me fijaba en tan mal como me  había sabido relacionar, en las cosas que no debía haber dicho, en los comportamientos que debía haber evitado... horas de pasarme la película en versión negativa. Buf. Y no me quedaba más que volver a salir, o quedar, o reunirme, para quitarme esa desagradable sensación. Normalmente no dejaba indiferente: o me querías, o me odiabas. La indiferencia del resto de mortales (cercanos, claro) no era un sentimiento que yo despertara habitualmente.

Psicólogos que han estudiado este sentimiento de aislamiento social (incoherente con tanta actividad, en ocasiones) han apuntado diferentes causas que odrían provocan esa sensación de soledad en adultos: algunas personas están genéticamente predispuestas a la soledad, lo que quiere decir que se sienten solas más fácilmente y en un mayor abanico de circunstancias; otras personas deben su soledad adulta al hecho que de niños han visto truncada su sensación de seguridad -separación, muerte, enfermedad- y esto les ha hecho más vulnerables a la soledad emocional.

Este libro, estudio, ensayo, no lo sé, me ha hecho pensar en lo que he sentido durante tantas décadas, ya no me importa por qué, solo sé que no es depresión, no es ansiedad es algo más, algo diferente, algo paralelo. No importa. Sé que no solo yo he tenido esa sensación pegada a mi: sola rodeada de gente, a menudo amigos, familiares, seres queridos.

Al igual que la depresión, la soledad presenta problemas de autodefinición. Hasta qué unto somos nosotros, o somos nuestro estado? Cuánto cambiaríamos si no nos sintiéramos solos? Y si el hecho de eliminar la soledad representara no solo deshacerse de experiencias negativas (como el aislamiento o la permanente sensación de marginalidad) sinó también de las positivas. Hablando con los solitarios se one de manifiesto que puede haber razones legítimas para que elijan permanecer en ese estado. La soledad les proporciona inspiración, les ofrece un alto grado de sensibilidad y perspicacia, y es la base de la personalidad a que están acostumbrados.

Cómo vencerla? Ay, ay. La Soledad no aparece -aún- en el DSM (Clasificación de los trastornos y enfermedades mentales) así que suele tratarse como una depresión. Quien la sufre suele actuar contra ella a base de estrategias de acierto y error (como dice la autora)... y a veces, funciona.

He vivido muchos años, quizás 30, con ese sentimiento, cómo he conseguido desprenderme de él? Pues no lo sé, realmente no lo sé. Sé que hubo un día en que en vez de sentir miedo a estar sola, aprendí a elegir la soledad como un camino más. Entendí que compartir por no estar conmigo era convertirme en una esclava. Supe que fijarme en el resto del mortales y su mundo no mejoraba, ni empeoraba el mío. Y empecé a valorar, querer, amar de verdad a los que caminaban a mi lado, y caminarían para siempre, sin importarme el número de ellos, si no que realmente me querían, que realmente les quería.

No, ya no me siento sola. Me tengo. Les tengo a ellos, también.

Gracias.




3 comentaris:

  1. Buf, la soledad, y eso que todavía somos jóvenes. Las dependencias afectivas... Todo.

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  2. La 'sensació' de solitud és com el fred quan s'instal·la dins del cos, sobretot el fred humit, res pot deslliurar-te'n d'ell de manera immediata. No hi ha mantes, ni llar de foc, ni abraçades que et facin entrar en calor per dins...

    Però quan aconsegueixis alliberart-te'n d'ell, buf, tornes a ser lliure!

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