dilluns, 20 de desembre de 2010

Lo que me queda por vivir - Elvira Lindo

Para Miguel,
por supuesto.

Para su hijo Miguel Sánchez Lindo,
autor de la portada,
por ejemplo,
por supuesto.

Sí, me ha gustado. Pero claro, tiene truco. Yo también necesito escribir como terapia.

A mí me ha ayudado, escrito tras escrito, hablar de mí para superar mis miedos, la niñez obligatoriamente madura y ausente de juegos, mis carencias actuales producto de un pasado lejano y reciente.

Elvira Lindo se ha atrevido con su historia, lo hace a menudo cuando escribe artículos, y cuando se sumerge en Manolito, pero esta vez ha llegado, estoy convencida, a hacer las paces con ella en su pasado. Con aquellos que formaron parte de él y siguen, o se quedaron por el camino. Desde la madurez estable, sin resentimientos, odios, ni rabias que enturbien el pasado. Desde el haber aprendido, con todo ello, con ese caos, su caos, las herramientas que le permiten ser quien es. Que no es poco.

Rompiendo los tópicos de juventud, embarazo precoz, carrera inacabada y fracaso en la misma frase. Porque como dijo Chaplin Podemos ser quien deseemos, salvando un único obstáculo: nosotros mismos.


Y claro, Elvira habla por boca mía en más de una ocasión ("Siempre he padecido, más aún entoces, la tentación insana de acercarme a quien no me muestra afecto abiertamente, tratando de descubrir, imagino, las razones de ese desprecio"), de mis autojuicios destructivos de los que he conseguido casi librarme ("Tengo la poco aconsejable costumbre de juzgarme muy duramente, de hurgar en lo que me produce desconsuelo"), de la rabia que siento en ocasiones por no ser capaz de poner palabras a lo que siento ("Hay sensaciones que pierden su valor en cuanto las convertimos en palabras"), de la extraña adolescencia y juventud que marcó mi presente (" Como si fuera un escenario barato y limitado de una comedia de situación para representar la adolescencia y la juventud, escenario del que luego, irónicamente, como una mala broma de la vida, me resultí tan dificil escapar"), así como de mi necesidad constante de ser jomateixa, siempre, desde que aprendí a quererme, escapando de la deslealtad, a mí, y a los que me rodean ("La deslealtad a uno mismo no se suele advertir en el presente, se camufla de malestar, de ansiedad difusa, porque éstas son dos sensaciones mucho más fáciles de sobrellevar").

Habla de mí, de ella. De mí cuando me acomodé a lo que tenía, a pensar que no merecía nada mejor, nada más; me acomodé a mi vida, a mi presente en cada momento, sin pensar en que el cambio -siempre interior- era posible ("Qué pocas veces supe perseguir lo que quería. Hay un mecanismo por el cual uno consigue convencerse de que lo que se tiene es lo que se desea y a él me acomodé yo algunos años") y sí, como ella, soy capaz de ver heridas de infancia, cual heridas más profundas que las físicas, porque ésas sanan, dejan de doler y se olvidan; las de la infancia, sencillamente, no ("Perspicaz a la hora de detectar a otros que, como ella, esconden una herida de la infancia"), y como ella, Elvira, viví la separación y posterior reencuentro con mi hermana, y la consciencia de que nunca, nunca, cuando el amor duele, debería hacerse acto ("Consciente de que jamás se debería hacer el amor cuando el amor hace daño").

Me veo en ella con la pose distante que a veces necesitaba mantener ("La rabia de quien no logra encajar en situaciones convencionales, de quién desearía ser abrazado pero no sabe ya abandonarse a los cuidados de nadie, incluso parece rehuirlos"), y me veo en la búsqueda de mi yo inencontrable durante años ("No es sólo que ande perdida, lo que me ocurre tiene más dificil solución: me he perdido a mí misma, no sé quién soy"); en la necesidad de ser absolutamente sincera -sobretodo con mis defectos- a mis seres queridos ("Yo me quedé con la tranquilizadora sensación de haberle confesado quién era yo, como si la verdadera esencia de uno estuviera más en lo que nos resulta vergonzoso que en aquello que nos enorgullece").

Y sobre todo me veo en la obsesión/adicción que viví durante años, enganche mal llamado amor, cuando no lo es, en ocasiones, ni se le asemeja: "Cómo se hace para pedir ayuda, para contarle a alguien qeu un desgarro interior no te deja dormir, cómo se lelga a comprender que hay amores que han caducado, que prolongarlos es pudrirlos, cómo aprende uno a defenderse, a tener dignidad y no desear la compañía de quien sabes de antemano que te destruye, cómo distinguir entre amor y obsesión, por qué luchar por lo que ya no te pertenece, cómo se hace para estar triste sin humillarse, cómo aprender a comportarse correctamente, de tal manera que no tengas que pasar la vida rumiando errores que duelen más que por su gravedad por la cantidad de veces que los has repetido".

...

Gracias, Elvira, todo un placer. De tí aprendí a hablar de él como mi santo, qué no ibas a seguir enseñándome!

(me da igual si la novela es buena, o mala; si tu falta de imaginación te lleva a hablar de tí; o de si usas la escritura como terapia, sí, me da igual, porque una vez más... has hecho que crea en el presente, y que el futuro, ya llegará, si llega!)

...

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada