dimarts, 2 de novembre de 2010

La Novia Eterna

Aún ahora, tantos años después, cuando leo, ella se tumba a mi lado, y me escucha atenta. Me escucha mientras juego con sus pechos, me escucha aunque yo ya no le lea en voz alta.

Sí, hubo un momento en nuestra relación a partir del cual no hubiera hecho falta que habláramos porque ambos sabíamos qué iba a decir el otro tras según qué comentario, o ante una situación curiosa. Reíamos y reíamos, ella, traviesa, respondona, decía divertida: "En breve no hará falta que me digas ni lo que piensas, hasta eso adivinaría ya de tí!".

Nada era aburrido a su lado, nunca lo ha sido.

Juntos bajamos a la calle, toma mi mano con prisas, como suele hacerlo casi todo, como cuando me besa, con ese ansía, ese torrente de lenguas, labios, saliva, con ese deseo que la invade de pronto , que nos invade (sí, como a mi, cómo la deseo aún ahora ¡tantos años después!). Me acaricia los dedos con los suyos y, a veces, distraída, desabrocha los botones de mi camisa y juega con la pelusa, ya blanquecina, que recubre mi pecho.

Mientras paseamos, juntos, como siempre, siendo uno, abrazados, ella ríe por cualquier cosa... mis ojos apenas pueden disimular esa lágrima que, nuevamente, acude a empañar el presente vacío (No temas, Amor, me decía ella cuando hacíamos el amor, lloro porque soy feliz, muy feliz, tan feliz...).

No, por mucho que se empeñe mi terapeuta, su mejor amiga, y nuestra hija, no, Ella no dejó una huella en mi corazón al morir, Ella, se ha quedado conmigo como prometió, en ese amor eterno que aquel día nos juramos (cuatro rosas fueron testigos).

Ese amor incompleto que aquella tarde de viernes se apagó junto a su corazón: "Te quiero -me dijo unos minutos antes- la vida no es suficiente para quererte, te quiero para toda la muerte".

Y yo, simplemente, y como siempre, la creí.

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