dijous, 3 de desembre de 2009

Les Germanes Grimes - Richard Yates


Sabe una cosa curiosa, Yates? Pronto cumpliré los cuarenta y sigo sin entender nada.

No entiendo ni mi vida, ni cualquier vida. Ni la Vida. Así en general; así con mayúsculas. Esa vida que usted se empeña en dibujarnos como una mezcolanza de amor y desamor, de felicidad y tristeza, de esperanza y dolor. De abandono a la nada y de lucha por el todo. Esa vida que a menudo se nos escapa mientras nos evadimos de la indeseable realidad.

Cómo escapar a nuestro destino, preguntó alguien. Cómo escapar, especialmente si creemos en él. Si lo forjamos día a día. Como una Sarah cualquiera (quién no se ha sentido Sarah en algún momento, en alguna etapa de su vida?). Esa Sarah, por ejemplo, incapaz de romper su matrimonio por lo que éste representó en su momento, no por lo que es a día de hoy. Incapaz de decir basta por todos los sueños que en él puso: tantos deseos y retos y, quizás, alguna pasión furtiva.

Porqué romperlo, si acabar con él, a pesar del dolor que le supone continuar, supondría aceptar el fracaso. Y en cambio, ay, no se da cuenta, no nos damos cuenta, que fracasar es no romper, no decir basta, no ser capaces de poner punto y final a años de ataduras y miedos…

“No pasa nada, todo está bien, sólo ocurre que necesito descansar. Sólo eso.” decía mientras su rostro sangraba; o sus dientes ennegrecían por el alcohol que todo lo cura; o sus huesos se rompían tras caídas “accidentales”. “No pasa nada” decía. Un todo está bien que muchos de nosotros hemos usado en alguna ocasión. Un yo controlo cualquiera, en el que confiamos, mientras se nos escapa de las manos una situación que nunca fue nuestra. Una historia que cobra vida propia y que se nos rebela: como el monstruo alimentado por nuestros constantes “puedo con ello”, o los nada creíbles “es cuestión de tiempo que todo cambie”.

Y sabe qué es curioso, Richard, cómo nos ven desde el exterior. O cómo queremos que nos vean, incluso consiguiéndolo en ocasiones. Cómo luchamos por mostrarnos como unas Emilys cualesquiera: fuertes, seguras de nosotras mismas, con un objetivo vital claro… aunque por dentro seamos restos de lo que nunca fuimos, de lo que ya nunca tendremos opción de ser. “Emily es una persona libre. No le importa el que de ella piensen los demás. Es independiente y hace lo que quiere” Ja, ja y ja piensa Emily. Eso mismo pienso yo, estimado Yates. Eso mismo pensaría usted, en el fondo. Dónde se esconde la seguridad cuando por fin nos atrevemos a navegar en nuestro interior? Y la libertad? Vivimos sometidos al que dirán: manejados por hilos externos, incapaces de cortar por miedo a no formar parte del grupo. De cualquier grupo. Usted lo sabe. Yo lo sé. Todos lo sabemos. Y jugamos, aún así, al no me importa lo que de mí digan…

Y busca una razón. Una sola razón que la haga salir de su encierro necesitado. Un motivo para romper el silencio. Para volver a oír su propia voz. Hay tanta crueldad real en esa frase: “Era la primera vez en una semana que se oía la voz”. En qué clase de ruina humana –pero tan habitual entre nosotros- acabó convertida Emily? Alguien vacía, sin lucha, sin amor. Alguien capaz de vomitar a bocajarro lo que piensa (a cualquier Peter, a cualquiera de nosotros) sin tener en cuenta el dolor ajeno. Alguien que dibuja la realidad de los demás a partir de sus miedos, sus manías y frustraciones, como un espejo de lo que desea y no ha conseguido. Lo que envidia. En definitiva, lo que odia por no haber sido capaz de lograr.

Lo lamento, querido. Lamento su muerte prematura y su infancia infeliz. Pero no se sienta extraño, es tan habitual…

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