divendres, 11 de desembre de 2009

El Cant dels Ocells

Releyó de nuevo esas letras. Y aún otra vez. No era sólo un adiós. Era un adiós adjetivado, doloroso, orquestado, trabajado y orgulloso. Era un adiós rompedor, demoledor, atemporal e insubstancial. En definitiva: era un adiós. El suyo. Quizás el único que sabía dar, regalar… o arrojar. Era un cerrar la puerta con llave y un asegurarse dejar, tras él, un camino quemado para impedir la vuelta atrás.








El canto de un pájaro, desconocido para ella, la distrajo unos instantes. Entonces recordó las palabras que, un tiempo atrás, le dijo Anna. Ahora cobraban de nuevo sentido, como entonces, cuando fue ella quien lanzó ese adiós sin paracaídas sobre Juan, el que fuera su “amor” durante años.



“No le des más vueltas. No puedes evitar lo inevitable. La amistad, como el amor, es pura energía, fluye. Es un hecho natural y sólo tomándolo como un regalo de la vida podrás disfrutarlo. Abre los brazos a su venida, pero también a su marcha. Y hazlo con una sonrisa en los labios, apreciando lo que significó, lo que significaste. Sólo así serás feliz al recordarlo”.



Sí, Anna tenía razón, cada ruptura, cada alejamiento, hacía mella en ella. Sin embargo, sin saber si era síntoma de madurez, de experiencia, o que el bagaje en este terreno aumentaba con los años, había aprendido a entender este proceso. Cada uno de los amigos, compañeros, amantes, que habían pasado por su vida le habían aportado alguna cosa, como ella a ellos. Todos, de una manera u otra, le habían ayudado a superar un duelo, a abrir o cerrar una etapa, o llenar un vacío temporal, o quizás solamente a hacer más fácil el camino… Así también ella entraba en la vida de los demás. A veces de golpe, a veces poco a poco.



Como no puedo retener el canto de los pájaros tampoco puedo retener por siempre aquellos que deciden hacer sólo un trozo del camino a mi lado, se dijo mientras guardaba la carta.



“Debes permitirte cerrar la puerta (a veces demasiado pronto, a veces sin querer, a veces con lágrimas en los ojos pero sabiendo que es el momento) y abrir los oídos a los nuevos cantos que lleguen. Siempre, si prestas atención, habrá un nuevo canto”.



Esther sonrió. Sí, ante ella se abría un presente lleno de música. Estaba convencida.

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